Artículo redactado y publicado
en diciembre del 2020.
El primer contagio conocido de
Covid-19 en el mundo fue registrado en noviembre del 2019. Ha pasado más de un
año desde entonces, sumergiendo a la humanidad en una pandemia que ha traído
cambios y consecuencias en prácticamente todos los aspectos de la vida moderna.
El aspecto que me permitiré abordar en esta ocasión es la revolución que ya se
está viviendo en los sistemas educativos, poniendo un antes y un después por el
embate de este mortal virus en el mundo.
En México, la Secretaría de
Educación Pública anunciaba la suspensión de clases en nivel básico, medio
superior y superior a partir del 20 de marzo y proyectaba el regreso a clases
el 20 de abril para evitar contagios, sumando así, dos semanas a las vacaciones
de Semana Santa del 6 al 17 de abril.
Si bien cualquier persona
puede contagiarse del virus SARS-CoV-2, un nuevo estudio sugirió que el motivo
por el que la población infantil es la menos afectada por el Covid-19 es
gracias a la destreza de su sistema inmunológico, ya que al entrar en contacto
con el virus SARS-CoV-2 desarrollan de manera inmediata anticuerpos
suficientes, evitando que la enfermedad genere síntomas. “Los niños están muy
adaptados para responder a nuevos virus”, aseguró Donna Farber, inmunóloga de
la Universidad de Columbia, Nueva York. El problema aquí radica en que las y
los niños pueden transmitir la infección en su familia, adquiriendo aún más
gravedad en los casos en que son cuidados por sus abuelos.
Es sabido ahora que los
infantes son una población de menor riesgo, pero, en ese entonces, era difícil
entender los verdaderos peligros de una nueva y mortal enfermedad, por lo que
suspender clases es una reacción sensata cuyo propósito sigue siendo proteger
el bien más valioso: la niñez.
Desde entonces, la vida
escolar ha tenido que avanzar por medio de un camino sinuoso y, aunque el gobierno,
las autoridades educativas y personal docente han hecho esfuerzos para que las
y los estudiantes sigan recibiendo contenidos educativos, es innegable que el
mundo académico de todos los niveles ha cambiado diametralmente.
La migración hacia las aulas
virtuales para que las y los alumnos pudieran recibir clases a distancia desde
la relativa seguridad de sus hogares sigue pareciendo la mejor estrategia, ya
que, a través de medios tecnológicos y digitales como las videoconferencias, es
posible mantener el contacto entre docente y estudiante. Tal medida ha
resultado mayormente eficiente, pero ha mostrado retos importantes, como el
hecho que existan zonas del país que no cuentan todavía con conexión a internet
y que no todas las familias puedan permitirse tener una computadora, tableta o
teléfono inteligente para que sus hijas e hijos tomen clases a distancia,
además, el factor de que no siempre las y los estudiantes están bajo el cuidado
de una persona mayor, por lo que su asistencia y cumplimiento de tareas se ha
visto mermado.
En nuestro país, sólo el 44.3%
de los hogares cuenta con equipo de computación y únicamente 56.4% tiene
conexión a Internet. En el ámbito rural, las cifras son considerablemente
menores: 20.6% y 23.4% de los hogares cuentan con computadora y con conexión a
internet, respectivamente.
Resulta interesante observar
la brecha tecnológica entre estudiantes y docentes. Es común escuchar que la
niñez de ahora nació con un celular en la mano; sin embargo, se han presentado
diversas dificultades técnicas para una parte de las y los profesores, esto
debido a que cuentan con escasa o nula experiencia en el manejo de las
plataformas digitales y de los dispositivos electrónicos, por lo que impartir
clase lejos de las aulas que han dominado durante tantos años puede convertirse
en una proeza.
Es de reconocer el gran
trabajo que realiza el equipo docente en la actualidad, ya que han adaptado sus
materiales y métodos para que sus estudiantes continúen con el proceso de
aprendizaje sin la necesidad de estar en los pupitres de su salón de clase.
La educación digital ya se
utilizaba con cierta eficiencia en algunos niveles de educación media y
superior, pues era común que instituciones públicas y privadas utilizaran
plataformas especializadas para dar a su alumnado material académico, hacer
exámenes, recuperar tareas y llevar el registro de las calificaciones.
¿Acaso dejarán de ser
necesarias las clases presenciales en educación básica?
La respuesta debería ser un
rotundo “no”. Queda claro que es posible aprender en línea, pero, ¿dónde queda
el desarrollo integral de la niñez?
Los niveles de estrés y
ansiedad en niñas y niños han aumentado considerablemente, pues no sólo tienen
miedo de contagiarse, el aislamiento y soledad que sufren repercute notablemente
en su estado de ánimo y salud.
Hacer amigos, jugar, cometer
errores, aprender valores, enamorarse, rasparse la rodilla o comer en la misma
mesa son parte del crecimiento natural en la infancia y adolescencia, por lo
que las escuelas resultan el lugar ideal para que este tipo de interacciones
ocurran gracias a que pueden ofrecer ese ambiente de seguridad y libertad a
partes iguales. Quienes ya pasamos por las aulas recordamos todas las vivencias
de esos días y entendemos lo importante que fue para nosotros.
Debemos seguir cuidándonos. La
aparición de las primeras vacunas contra Covid-19 dan destellos de esperanza
después de un año 2020 casi apocalíptico. Difícil es vaticinar nuestro 2021, la
pandemia seguirá dejando huella en el mundo por más tiempo de lo esperado, así
que los esfuerzos futuros deberán ser direccionados para encontrar la manera de
reconstruirnos y modernizarnos como sociedad.
María Montessori
- https://www.eluniversal.com.mx/ciencia-y-salud/covid-19-por-que-los-ninos-y-ninas-son-mas-fuertes-contra-el-coronavirus
- https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/educacion-online-de-sep-inaccesible-para-55-7-de-alumnos-en-mexico
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