—¿Te
vas así nada más? —preguntó el Año Nuevo, todavía impecable, con olor a
agenda nueva y promesas recién desempacadas.
—Pues sí —respondió el Año Viejo, cerrando una maleta llena de papeles arrugados—. Ya sabes cómo es esto. Llego, me idealizan y me voy dejando pendientes.
El Año Nuevo sonrió con tranquilidad.
—Conmigo será distinto.
El Año Viejo levantó una ceja.
—Lo mismo dije… bueno, todos lo hacemos.
A principios de año solemos
hacer un ejercicio curioso: imaginar el futuro con demasiada seguridad. Damos
por hecho cómo nos sentiremos, qué habremos logrado, a quiénes tendremos cerca,
qué cosas ya estarán resueltas y un sinnúmero de predicciones que hacen
sonreír a cualquiera. Cada enero nos encuentra optimistas, con planes bien
acomodados y una sensación de control casi infantil.
—No será
culpa mía si algo no sale bien —dijo el Año Nuevo—. Me están esperando con muchas
expectativas.
—Lo sé —respondió el Año Viejo—. Igual fue conmigo.
Luego el año avanza. Y, como
suele pasar con el pronóstico del tiempo, confiamos que sería un día soleado… y
olvidamos llevar paraguas.
No fue el año que imaginamos.
No se pareció al guion que armamos con tanto entusiasmo.
Algunas cosas no sucedieron, otras se retrasaron y unas cuantas tomaron caminos completamente distintos.
—Intenté seguir el plan —continuó el Año Viejo—, pero la vida
hizo ajustes.
—¿Ajustes?
—Digamos que improvisaciones frecuentes.
Hubo proyectos que no funcionaron, conversaciones que hicieron falta, decisiones que se pospusieron más de lo planeado. Personas que no se
quedaron y otras que llegaron sin aviso. El calendario siguió su curso, pero no
siempre al ritmo esperado.
—¿Y
los propósitos? —preguntó el Año Nuevo, hojeando su libreta.
—Duraron lo que tenían que durar —dijo el Año Viejo—. Algunos hasta marzo. Otros… bueno, hicieron el intento.
—¿Qué fue lo que más te pidieron? —preguntó el Año Nuevo.
—Cambios —respondió el Año Viejo.
—¿Y los hicieron?
—No, pero fue tema central de muchas conversaciones.
Hubo metas tan ambiciosas que nacieron con fuerza, pero se desvanecieron antes de que el año pudiera ponerlas a prueba: el gimnasio que sólo se visitó una
semana, la dieta que se rompió “por una ocasión especial”, el ahorro que empezó
con entusiasmo y terminó financiando pequeños gustos perfectamente
justificados. No fue falta de voluntad; fue exceso de optimismo y quizá
demasiadas tentaciones irresistibles que se atravesaron en el camino.
A principios de año también
creímos que ahora sí usaríamos la agenda, que el despertador sonaría temprano
sin drama y que esa lista de propósitos no terminaría olvidada en una nota del
celular. Pensamos que este sería el año del orden, de la constancia, de la
disciplina, de lo logros; y terminamos negociando cosas
básicas como levantarnos cinco minutos más tarde o dejar para mañana alguno
que otro pendiente.
—Suena
a que no fuiste un gran año —dijo el Año Nuevo, con cierta duda.
—No fui perfecto —respondió el Año Viejo—. ¿Acaso ha existido alguno así?
Hubo días en los que parecía
que nada iba a acomodarse, que el cansancio se había vuelto permanente y que el
año sólo estaba acumulando pendientes, dudas y planes a medio hacer. Momentos
en los que todo se sentía cuesta arriba, lento y un poco desordenado. Hasta
que, sin darnos cuenta, empezamos a resolver, a reírnos del caos, a improvisar
soluciones decentes y a notar algo importante: no lo hicimos perfecto, pero
lo hicimos y, además, seguimos de pie, con sentido del humor y todavía con
ganas de intentar otra vez.
—Entonces…
¿algo tuvo sentido? —preguntó el Año Nuevo, ahora más serio.
El Año Viejo se tomó un momento antes de responder.
—Dejé historias, aprendizajes y anécdotas. Les recordé que la vida rara vez sigue una línea recta y que muchas veces lo mejor ocurre en los desvíos, esos que al principio incomodan y después se agradecen. Aprendimos a soltar algunas expectativas. A aceptar que no todo se resuelve rápido. A reconocer que cambiar de idea también es válido.
Aceptémoslo: al final del año
no importa tanto si cumplimos cada propósito de la lista, sino si somos ahora un
poco más conscientes, un poco más flexibles, un poco más amables con nosotros. Si aprendimos a escuchar, a ajustar el paso, a reconocer cuándo era
momento de insistir y cuándo era mejor alejarse.
—Eso
suena importante —admitió el Año Nuevo.
—Lo es —dijo el Año Viejo—, aunque no siempre se note.
El Año Nuevo cerró su libreta.
—¿Algún consejo antes de que me toque entrar?
El Año Viejo sonrió, cansado pero tranquilo.
—No prometas tanto. Mejor acompaña. Y recuerda esto: no todo tiene que salir tal y como se planeó.
El Año Nuevo asintió.
La puerta se cerró.
El próximo año llegará con
nuevas ideas, nuevos planes y nuevas expectativas. Ojalá lo recibamos con
entusiasmo, sí, pero también con la tranquilidad de saber que, pase lo que
pase, sabremos adaptarnos; porque si algo nos dejó este año que no fue como lo
imaginamos, es la prueba de que podemos con eso y un poco más.
No sabemos cómo será el camino, pero seguiremos
avanzando. Y eso es lo que importa.
“Cada dificultad en
la vida es una oportunidad para mostrar cómo puedes estar por encima de ella”.
Epicteto.
"Sapere aude" por
Agustín Villanueva Ochoa.
—Pues sí —respondió el Año Viejo, cerrando una maleta llena de papeles arrugados—. Ya sabes cómo es esto. Llego, me idealizan y me voy dejando pendientes.
—Conmigo será distinto.
—Lo mismo dije… bueno, todos lo hacemos.
—Lo sé —respondió el Año Viejo—. Igual fue conmigo.
No se pareció al guion que armamos con tanto entusiasmo.
Algunas cosas no sucedieron, otras se retrasaron y unas cuantas tomaron caminos completamente distintos.
—¿Ajustes?
—Duraron lo que tenían que durar —dijo el Año Viejo—. Algunos hasta marzo. Otros… bueno, hicieron el intento.
—¿Qué fue lo que más te pidieron? —preguntó el Año Nuevo.
—Cambios —respondió el Año Viejo.
—¿Y los hicieron?
—No fui perfecto —respondió el Año Viejo—. ¿Acaso ha existido alguno así?
—Dejé historias, aprendizajes y anécdotas. Les recordé que la vida rara vez sigue una línea recta y que muchas veces lo mejor ocurre en los desvíos, esos que al principio incomodan y después se agradecen. Aprendimos a soltar algunas expectativas. A aceptar que no todo se resuelve rápido. A reconocer que cambiar de idea también es válido.
—Lo es —dijo el Año Viejo—, aunque no siempre se note.
—¿Algún consejo antes de que me toque entrar?
—No prometas tanto. Mejor acompaña. Y recuerda esto: no todo tiene que salir tal y como se planeó.
La puerta se cerró.
Epicteto.
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