Si tuviéramos un peso por cada vez que alguien se ha preguntado qué es mejor, ¿amar o ser amado?, ya estaríamos organizando la posada en Dubái con banda incluida. Y es que este dilema no es nuevo: lo han debatido filósofos, poetas y hasta nuestros amigos en las reuniones de fin de semana.
¿Es este un buen momento para definir el amor? Mejor que lo intenten poetas como Sabines, filósofos como Platón, científicas como Helen Fisher o cantantes como Marco Antonio Solís. Aquí sólo queremos reflexionar, con sencillez, sobre cómo lo vivimos.
Los tipos de amor.
El amor no se presenta en una sola forma. Está el romántico, que hace latir más fuerte el corazón; el fraternal, que nos une a la familia; el amistoso, que nos da complicidad y apoyo; y el universal, que nos conecta con la humanidad, la naturaleza, la vida misma y con aquello en lo que creemos: la fe, la espiritualidad o, simplemente, algo más grande que nosotros. Juntos dibujan el mapa de lo que significa amar. Todos distintos en forma, pero iguales en esencia. Ninguno compite en realidad: algunos nos sostienen, otros nos inspiran y todos nos enseñan a darle sentido a la vida.
El superpoder de los valientes: amar.
Amar es como tener un poder secreto. Cuando amamos, de pronto encontramos energía para lo imposible: desde preparar una cena sorpresa, aunque no sepamos ni picar cebolla, hasta acompañar a ver una película de terror con cara de valientes mientras, por dentro rogamos que no apaguen la luz.
Amar nos hace vulnerables y fuertes al mismo tiempo, como si el corazón caminara sin mapa, pero sin perder la dirección. Amar, además, nos convierte en exploradores de lo cotidiano, capaces de encontrar magia en los detalles más simples.
Ojo aquí: Amar no es sacrificio doloroso, sino una forma de transformar lo difícil en algo ligero, porque cuando el amor está presente, “siempre hay una manera”.
La vitamina del alma: ser amado.
Por otro lado, ser amado es la gasolina que mantiene andando nuestro motor. Esa sensación de saberse amado es insustituible. Nos recuerda que no estamos solos y que hay alguien que piensa en nosotros. Puede expresarse en gestos mínimos, como cuando alguien guarda la última rebanada de pizza para ti, o en momentos más significativos, como acompañarte en tus días más complicados sin juzgarte.
Ser amado nos da paz, seguridad y una alegría que ni el mejor meme puede superar.
Y entonces, ¿qué es mejor?
La verdad es que elegir entre amar o ser amado es como intentar decidir qué es mejor: las tostadas o el guacamole. Separados, funcionan; pero juntos son un manjar. “Amar sin recibir nada” puede desgastarnos y “recibir sin dar” nos puede dejar con un vacío extraño. Tal vez por eso, cuando el amor es mutuo, las cosas fluyen: no hay lucha, sino encuentro. El equilibrio es lo que hace que la experiencia del amor tenga sentido.
Y quizá ahí también entra la diferencia entre amar y poseer. Cuando el amor se mezcla con la necesidad de controlar, deja de ser vínculo y se vuelve apego. En cambio, el amor genuino da libertad: no retiene, acompaña. Amar no siempre significa tener y aprender a soltar también es una forma de amar.
Amarse a uno mismo: la base de todo.
Oscar Wilde decía que “amarse a uno mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida”. Y no se equivocaba. Seamos honestos, ¿cómo vamos a dar amor o a recibirlo plenamente si no empezamos por reconocernos y cuidarnos? Amarse a uno mismo no es egoísmo, es equilibrio: es saber decir “sí” cuando lo sentimos, y también poner de frente un sano “no” cuando lo necesitamos. Es reírse de nuestros propios errores y, de vez en cuando, invitarnos a unos tacos sin esperar compañía. También es tratarnos con la misma paciencia que solemos tener con quienes amamos y aprender a reconciliarnos con lo que somos, sin exigirnos perfección.
Y cuando aprendemos a reconocer el valor de la reciprocidad, esa magia de sentir que lo que damos también regresa, el amor deja de ser promesa y se vuelve presencia.
El amor se resume en dos verbos: dar y recibir. Podemos dar amor a los demás y también abrirnos a recibirlo, pero el círculo se completa cuando aprendemos a dárnoslo a nosotros mismos. Ahí descubrimos que el amor no es un dilema, sino un movimiento constante: va, vuelve y, en ese ir y venir, se convierte en una chispa capaz de encender lo que realmente somos.
"El amor lo conquista todo".
Virgilio.
"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.
Comentarios
Publicar un comentario