Hay algo que casi nadie nos enseña.
Sabemos ganar. Sabemos competir. Sabemos celebrar.
Pero perder… perder es otra historia.
Perder una discusión.
Perder públicamente.
Perder una oportunidad.
Perder algo que parecía seguro.
Son derrotas de todos los tamaños. A veces pequeñas, a veces contundentes. Justo en esos momentos difíciles, la forma en que las enfrentamos dice mucho más de nosotros que cualquier victoria.
Perder en lo cotidiano
Hay quien pierde y se queda en silencio.
Hay quien pierde y se justifica.
Hay quien pierde y se esconde.
Hay quien pierde y sigue insistiendo en lo mismo.
Perder no siempre se nota de inmediato. Puede aparecer sin aviso en una conversación que no vuelve a ser la misma, en un plan que se queda a medias o en ese vínculo que, poco a poco, se va apagando.
Perder puede incomodar, incluso molestar. En algunos casos, deja en evidencia que alguien más entendió mejor que nosotros. En otros, exige soltar una idea, una postura, un afecto o una expectativa. También puede descolocar y romper lo que dábamos por hecho. A veces, llega después de imaginar un resultado y encontrarse con otro.
Y, en el fondo, toca algo más profundo: el orgullo.
¿Perder es malo?
Perder rara vez se ve como algo positivo. Se percibe, casi siempre, como un error, un tropiezo o algo que conviene evitar.
En consecuencia, muchas personas se aferran a defender lo indefendible. Mantienen su postura, aunque ya dejó de tener sentido. Algunas, en un acto de simple resistencia, les resulta imposible reconocer que alguien más tiene la razón.
Ganar suele dejar todo en su lugar.
Perder mueve cosas, hace preguntas, obliga a revisar con detenimiento lo que pasó.
Ganar confirma.
Perder revela. Muestra lo que no vimos, lo que falló, lo que dimos por hecho, lo que faltó ajustar.
De ahí viene esa idea tan repetida: en las derrotas hay aprendizaje. Y sí, pero sólo cuando realmente se aceptan; si se ignoran o se minimizan, la lección simplemente no llega.
Lo que no es
No saber perder también dice mucho. Se nota en la necesidad de inventar pretextos, buscar culpables y restarle valor a lo que hizo alguien más.
También aparece en esa sensación de injusticia que surge cuando todo fue claro. En dejar de intentarlo por miedo a fallar, en evitar riesgos, en preferir no jugar antes que perder y en tomarse la derrota demasiado en serio.
Se nota cuando el error no se supera, cuando el perdón no llega y cuando “seguir avanzando” no es una opción.
Y, en otros casos, llega a cruzar una línea delgada: cuando el resultado importa más que la forma y se dejan de lado valores como la integridad, la responsabilidad o el respeto.
Lo que pone en juego
Perder no habla sólo de un momento, habla de actitud. Se relaciona directamente con la manera en que se procesa lo que no salió bien, la capacidad para reconocer errores sin quedarse atrapado en ellos y la disposición de cambiar de página. También, aparece en algo más difícil de ver: la decisión de volverlo a intentar, ahora con una nueva estrategia.
Perder no define a nadie, pero la reacción sí deja huella. Puede cerrar posibilidades o abrir un modo distinto de ver las cosas; puede convertirse en una excusa o en un punto de partida.
Cuestión de perspectiva
Perder forma parte del juego. En muchos casos, es la señal de que se está jugando en serio y de que algo importa de verdad. Donde hay intento, también hay riesgo.
Decidir no jugar, puede parecer un camino seguro, incluso la táctica perfecta para mantenerse lejos de la derrota. Seamos honestos, esa es una manera discreta de perder, una que implica renunciar a la posibilidad, al intento, al aprendizaje y a cualquier resultado distinto.
Todos caemos en algún momento. Así es la vida. Y es justo ahí, donde todo se pone a prueba: lo que viene después.
Cuando la caída pierde peso y la decisión de levantarse toma fuerza, el rumbo empieza a encontrar su lugar.
"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.

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