Una caja podía ser un barco.
Una cobija, una cueva.
Un patio, un territorio inexplorado.
No hacía falta mucho para construir un universo completo. Bastaba con tiempo, curiosidad y algo que hoy parece escaso: el espacio para imaginar.
Durante la infancia, la imaginación permite completar lo que no se sabe, dar sentido a lo que no se explica y explorar opciones sin necesidad de que todo tenga lógica inmediata. Así se construye una forma de entender la realidad antes de saber explicarla.
En ese proceso, también se activa una forma de inteligencia que permite moverse entre posibilidades, trazar caminos nuevos y analizar lo que admite más de una respuesta.
Un niño juega con lo que tiene y cualquier lugar puede convertirse en un centro de diversiones.
¿Y si, por un momento, volviéramos a ver con ojos de niños?
Con el tiempo, algo cambia. La imaginación empieza a ceder terreno frente a otras habilidades más valoradas en el mundo de los adultos. Aprendemos a responder correctamente, a optimizar procesos, a buscar resultados. Entonces, la pregunta “¿qué podría ser esto?” se va remplazando por otra: “¿qué tan útil es?”.
El cambio ocurre de forma gradual, casi imperceptible. Llega con la rutina, la prisa y la costumbre de llenar cada momento libre. También con la idea de que imaginar es “cosa de niños” y de que todo debe tener una utilidad para justificarse.
No desapareció. Sigue ahí, aunque en ocasiones quede cubierta por la vida acelerada, las responsabilidades, la presión constante por resolver y la urgencia de lo cotidiano. Poco a poco, la atención se concentra en cumplir, responder, producir y avanzar; eso deja menos espacio para que la imaginación fluya.
Y sin embargo, permanece, aunque de otra forma.
Sigue presente cuando alguien encuentra una solución distinta a un problema común. Cuando se conecta una idea con otra que, en apariencia, no tiene relación. Cuando se anticipan escenarios, se interpretan silencios o se entienden emociones que no se han dicho en voz alta. Aparece al pensar cómo decir algo difícil sin herir, al considerar distintos caminos antes de elegir uno o al ensayar mentalmente una conversación importante. Surge al prever cómo podría resultar una decisión o al encontrar una forma distinta de explicar algo complejo. También está en la manera en que anticipamos lo que vendrá.
En la vida adulta, la imaginación suele quedar relegada a segundo plano. Ya no construye castillos con almohadas, pero aparece en decisiones, en la forma de adaptarse y en la manera de crear. También se activa al leer, al escribir, al escuchar música, al meditar, al bailar o incluso al bañarse, en esos momentos en que la mente se suelta y empieza a moverse diferente.
A veces se hace evidente en lo simple: cuando hay tiempo libre, pero no sabemos qué hacer con él. Otras, aparece en forma de vacío: cuando nada falla, pero algo no termina de sentirse completo.
Hoy, en un entorno donde casi todo está explicado, medido o anticipado, la imaginación sigue siendo una herramienta subestimada, pero profundamente necesaria. Junto con la lógica, permite ver más de una posibilidad. Y quizá ahí está el punto.
Tal vez no perdimos la imaginación al crecer.
Tal vez crecimos y dejamos de darle su lugar.
"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.
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