Especialistas creados por algoritmo — Agustín Villanueva Ochoa


Durante años el Internet y las redes sociales funcionaron bajo una promesa bastante simple: cualquiera podía abrir una cuenta y compartir ideas. Bastaba un teléfono, conexión y suficiente seguridad para hablar frente a una cámara. Esa combinación produjo e impulsó tutoriales, cursos, comunidades y personas dispuestas a enseñar. También creó personajes convencidos de que tres videos publicados en las distintas redes equivalen a una maestría o doctorado. La frontera entre conocimiento y espectáculo empezó a desdibujarse lentamente.

En algún punto dejamos de preguntar ¿qué sabe esta persona? para concentrarnos en algo más superficial: “¿parece alguien que sabe?”. Ahí comenzaron a aparecer los nuevos expertos digitales. Algunos realmente dominaban sus temas. Otros únicamente aprendieron a hablar con absoluta seguridad y un fondo llamativo.

En cuestión de años, muchos creadores de contenido e influencers dejaron de limitarse al entretenimiento. Terminaron opinando sobre salud, dinero, relaciones personales o política frente a audiencias gigantescas.

Internet pasó años celebrando la idea de que cualquiera podía enseñar algo. Después llegaron los gurús financieros grabando cursos desde autos rentados, aviones alquilados por hora y oficinas que pertenecían más al fotógrafo que al supuesto millonario frente a cámara. La autoridad empezó a construirse con frases motivacionales, vidas ficticias, éxitos inflados y una capacidad impresionante para decir “mentalidad de abundancia” sin sonrojarse.

El problema creció tanto que varias plataformas comenzaron a endurecer reglas relacionadas con contenido sensible. En China, por ejemplo, surgieron medidas para exigir certificaciones o credenciales verificables en temas relacionados con salud, finanzas, derecho y otras áreas capaces de afectar directamente a las personas. De acuerdo con un artículo publicado por Infobae, la regulación también busca trasladar parte de la responsabilidad a las plataformas digitales, que deberán verificar credenciales y limitar contenido considerado engañoso o riesgoso. La intención parece lógica: reducir desinformación, fraudes y consejos peligrosos disfrazados de experiencia profesional. Después de todo, internet también permitió que miles de personas recibieran recomendaciones médicas de alguien cuya mayor preparación, quizá, consistía en haber visto una serie en Netflix.

La conversación se vuelve interesante precisamente ahí. Casi cualquier persona puede identificar ejemplos absurdos dentro de redes sociales. Hay personajes que presumen tener la receta mágica para alcanzar la libertad financiera, mientras su verdadero y único ingreso consiste en vender cursos. Existen coaches emocionales capaces de diagnosticar traumas complejos con la misma facilidad con la que alguien recomienda unos días de descanso en la playa. También abundan los creadores que mencionan “estudios científicos” con una precisión comparable a la de un tío reenviando cadenas en WhatsApp.

Frente a ese escenario, mucha gente comenzó a pedir filtros, validaciones y mecanismos que permitan distinguir experiencia real de simple espectáculo digital. El asunto adquiere otra dimensión cuando aparece la tan necesaria pregunta: ¿quién decide qué voces merecen legitimidad?

Un título universitario aporta formación, disciplina y herramientas valiosas. También existen personas brillantes que aprendieron fuera de instituciones académicas. La historia está llena de científicos, artistas, escritores y emprendedores autodidactas capaces de transformar industrias completas. Internet ayudó precisamente a visibilizar muchas de esas historias.

El problema apareció cuando la democratización de la voz también multiplicó expertos instantáneos, personajes capaces de convertir opinión en verdad absoluta después de consumir algunos videos y memorizar términos técnicos.

Durante mucho tiempo las plataformas digitales premiaron algo muy específico: la capacidad de captar atención. Quien hablaba con más seguridad, editaba mejor sus videos o dominaba los algoritmos conseguía autoridad pública, aunque sus conocimientos caminaran sobre terreno frágil.

La popularidad empezó a confundirse con experiencia. Más seguidores terminaron por convertirse en una garantía capaz de sustituir preparación, trayectoria y conocimiento.

Por si todo lo anterior fuera poco, también descubrimos que colocar un micrófono enorme frente al rostro transforma cualquier opinión en algo que “seguro es importante”. Internet y las redes sociales crearon una generación capaz de citar casi de memoria los hábitos de millonarios con la misma pasión con la que evitan revisar los simples balances de ingresos y egresos.

Hoy, la delgada línea entre especialista y personaje motivacional a veces depende más de la calidad de la cámara que de los conocimientos.

Poco a poco, internet también comenzó a crear sus propias credenciales. La cantidad de seguidores, las cuentas verificadas, las colaboraciones con marcas y hasta la estética de un perfil empezaron a funcionar como señales automáticas de autoridad. Muchas personas dejaron de evaluar argumentos para concentrarse en símbolos capaces de transmitir prestigio en segundos. Una palomita azul, un micrófono frente a cámara o una fotografía tomada en un estudio elegante fueron capaces de construir confianza y veracidad.

Ahora el escenario parece girar hacia otro extremo. Plataformas, gobiernos y audiencias comienzan a exigir pruebas, verificaciones y certificados para otorgar legitimidad. La intención resulta comprensible. Nadie quiere recibir consejos médicos de alguien que aprendió anatomía viendo reels entre recetas de pasta y videos de perros. Sin embargo, la discusión deja una sensación inquietante: ¿y si la siguiente forma de censura llega disfrazada de profesionalismo?

Tal vez el cambio más interesante consiste en algo mucho más profundo que una regulación en China. Durante años internet repitió la idea de que cualquiera podía convertirse en creador de contenido. Hoy empieza a surgir otra pregunta: ¿cualquiera debería hacerlo?

La discusión apenas comienza. Entre charlatanes profesionales, especialistas auténticos, vendedores de humo y autodidactas genuinamente brillantes, Internet intenta redefinir quién merece autoridad pública. Y en medio de todo eso aparece una posibilidad inesperada: la siguiente etapa digital podría reservar la conversación pública para voces acreditadas.

El planteamiento parece lejano hasta que recordamos la velocidad con la que las plataformas digitales transforman reglas, discursos, hábitos de consumo, dinámicas sociales, figuras de autoridad, formas de prestigio y hasta la manera en que una audiencia decide quién merece credibilidad. México todavía observa este debate desde cierta distancia. La verdadera pregunta consiste en cuánto tiempo permanecerá así.

Tal vez tu opinión ya vale menos que una palomita de verificación azul.

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"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.

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