Modo silencio — Agustín Villanueva Ochoa


Llega un momento en el que decides eliminar cualquier vibración, sonido o interrupción del celular. Buscas avanzar sin distracciones y recuperar un poco de paz en lo que estás haciendo. La solución está a tu alcance: activas el modo silencio.

Pasan unos cuantos minutos. El teléfono mantiene ese estado, pero en ti se activa algo opuesto. Lo tomas, lo desbloqueas rápido, con la idea de que “sólo será tantito”. Encuentras la pantalla limpia y todo en su lugar. Lo bloqueas y lo dejas a cierta distancia para volver a lo tuyo.

Tres minutos después, regresas con la misma convicción de que ahora sí, “segurito” ya hay algo. Actualización oficial: sigue todo exactamente igual.

Hay un ritual en ese acto tan peculiar, algo parecido a las ocasiones que presionas el botón del elevador varias veces, con la certeza de que así llegará más rápido. Sabes que no cambia nada… y aun así se siente productivo.

Estar al día se siente a efectividad pura, pero, ¿para qué te puede servir?

Deslizas, entras, sales. Regresas y te das tiempo de ver las fotografías del viaje de Fulanita, el platillo de mariscos que comerá Zutanito y la evidencia del entrenamiento en el gimnasio de Perenganita.

Deslizas, entras, sales. Regresas y te das tiempo de leer la reflexión motivacional que compartió Menganito, la opinión que publicó Tureganita sobre algún tema del momento y el recuerdo de hace 5 años de Citanito.

Deslizas, entras, sales. Regresas y te das tiempo de ver un video corto. La afirmación de: “nomás uno” y el algoritmo, siempre tan amable, te recomienda otros tres que claramente “no puedes ignorar”.

Productividad en pausa y el tiempo sigue avanzando.

El modo silencio funciona perfecto en el celular, pero tu mente sigue sus propias reglas. De repente, surge una pequeña chispa de “por si acaso” que te invita a volver y que justifica distintos escenarios: por si llegó algo, por si alguien escribió, por si se ofrece algo, por si…

Misión cumplida: estás mejorando tus habilidades de micro-revisión.

El día sigue. Se van sumando minutos que parecen inofensivos. Cinco por aquí, tres por allá. Nada grave. Llega a pasar que, después de una larga exploración, por fin tu cerebro se da cuenta que “ya fue mucho”. Entonces sí, regresas a la realidad para intentar seguir con tus pendientes. Y la frase de consuelo llega: más vale tarde que nunca.

A la vida también le gusta jugarte una que otra broma. Llega a suceder que estás haciendo una actividad, tu nivel de concentración es alto y el celular está lejos. Justo en ese instante se presenta algo importante, pero tú no te enteras. Sí, la vida tiene buen sentido del humor.

El “detalle” está en cada momento y, sobre todo, en lo que se repite. Porque el celular puede estar en silencio, pero la costumbre manda. Y mientras eso no lo corrijas, vas a seguir revisando… aunque ni tú sepas por qué.



"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.

Comentarios