Casi se pudo. Casi llegó la respuesta que muchos queríamos darle al “¿y si sí?”. Casi, pero no alcanzó. La esperanza ya había entrado en demasiados corazones; por eso costó tanto verla salir.
Después del silbatazo final, sucedió lo inevitable: la mirada fija en la pantalla, el comentario que nadie sabe cómo acomodar y el grupo de WhatsApp pasando del entusiasmo al análisis forense en cuestión de minutos. La botana, comprada para celebrar, terminó acompañando la autopsia del partido.
Durante días, “¿y si sí?” fue una manera de abrirle espacio a la ilusión. Sirvió para imaginar un resultado favorable, defender posibilidades y mirar el siguiente partido con una mezcla de nervios, optimismo y fe nacional. Hasta que llegó el día de enfrentar a la Selección de Inglaterra; y la vida, con ese sentido del humor tan poco diplomático, nos recordó que creer también implica exponerse a la caída.
Después de una derrota, el “hubiera” entra de cambio y juega tiempo completo: hubiéramos presionado más arriba, hubiéramos metido ese gol, hubiéramos cambiado antes, hubiéramos hecho algo distinto. Claro, una vez que el partido ya terminó, todos somos directores técnicos con licencia, experiencia internacional y bola de cristal incluida.
También existe una especie de VAR emocional. Uno repite mentalmente la jugada, analiza el momento exacto en que todo empezó a torcerse y busca una explicación para darle sentido al golpe, sin convertirlo en excusa. La revisión sirve para entender; vivir en la repetición sólo prolonga el dolor.
Toda derrota merece su pequeño luto. Se vale sentir tristeza, frustración y hasta ese vacío extraño difícil de llenar. También es válido volver a revisar la jugada, cuestionar decisiones y decir, con toda seriedad: “estuvimos tan cerca”. Lo importante es no convertir esa tristeza en domicilio permanente. El marcador final registra lo que pasó; la forma de responder revela madurez, carácter y temple ante aquello que ya no puede cambiarse.
Salir adelante después de ganar suele ser sencillo. Seguir después de una derrota exige otra clase de fortaleza. Aceptar la realidad, implica dejar de exigirle al pasado una versión distinta y dar vuelta a la página sin despegar los pies de la tierra.
En la vida existen escenarios similares: hay proyectos que se trabajan con disciplina y aun así fracasan, hay planes que se preparan durante semanas y terminan lejos de lo esperado, hay oportunidades que parecían hechas a la medida y se cierran antes de tiempo. El fracaso tiene esa dureza tan característica que pone los hechos sobre la mesa, quita adornos y deja verdades crudas a la vista.
El casi también forma parte del camino. Duele porque deja claro que hubo avance, esfuerzo y posibilidad, aunque el resultado final se haya quedado corto. Esa distancia entre lo deseado y lo conseguido obliga a mirar los detalles con más honestidad. Ahí se abren dos rutas: cambiar el rumbo con decisión o insistir con más preparación, más paciencia y menos fantasía.
Hay resultados que se quedan a medio camino y, aun así, dejan algo de pie. Una puerta cerrada puede afinar el rumbo; una pérdida puede revelar prioridades; un intento interrumpido puede enseñar disciplina; una ilusión rota puede devolver claridad. En el momento pesan como derrota. Con el tiempo, algunas caídas también se convierten en experiencia, criterio y una forma de motivación que impulsa a levantarse de nuevo.
La “realidad” tiene pésimo servicio al cliente: no acepta devoluciones, no ofrece garantía extendida y no permite cancelar una experiencia después de haberla vivido. Lo ocurrido queda ahí y guarda un historial completo con lo que salió mal, lo que dolió, lo que faltó y lo que falló. Todo sin filtros.
México quedó fuera del Mundial. Casi alcanzó y por eso dolió tanto. La derrota deja huella, aunque no borra todo lo que el camino despertó: ilusión, conversación, esperanza, nervios, humor, coraje y una emoción compartida capaz de unir a un país frente a una misma posibilidad. Eso cuenta y mucho. La alegría también pertenece a quien avanza y se atreve, aunque el viaje termine antes de lo imaginado.
No todo se pierde cuando se pierde. Una ausencia puede reconciliar a una familia; un esfuerzo que no recibe respuesta puede revelar una virtud ante otros ojos; una eliminación puede unir a un país alrededor de una misma emoción. El resultado principal es similar, lo inesperado está en lo que nace: posibilidades que antes no estaban.
¿Y si no? era el miedo antes del intento.
¿Y si sí? fue la pregunta que abrió la ilusión.
“Casi, pero no alcanzó” fue la realidad que dejó la lección.
¿Es el final?… mientras haya vida, todavía no es el final.
Toca aceptar el golpe, tomar lo aprendido y dar el siguiente paso. Creer no garantiza la victoria; dejar de creer sí puede dejar a cualquiera en la banca. Claro que duele. Ahora es momento de respirar, recuperarse y seguir avanzando.
"Sapere aude" por Agustín Villanueva Ochoa.

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